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LOS HILOS DIVINOS

Foto del escritor: Paula
Paula
10 abr 2020
2 min de lectura

Actualizado: 12 abr 2020

Vuestros cantos anuncian mi llegada. Mi mirada se centra en vosotros. Y, únicamente, tras esto, comienzo mi relato.


La observación es mi mayor fuente de información, por no decir la única. Escribo porque observo. De no ser así, nada de esto existiría. No me presentaré. Ni siquiera puedo hacerlo. Me llamáis de maneras tan dispares que el paso de los años y la llegada a mis oídos de todos esos calificativos han hecho que incluso yo haya olvidado mi nombre. Quizá es por eso por lo que escribo. No sé quién soy y, desgraciada e inevitablemente, la única manera de averiguarlo es hallar, en vuestras ridículas personalidades, atisbos de rasgos que un día me pertenecieron.


Os observo desde la distancia y la altura. Vosotros, absortos en vuestra individual vida ni siquiera me prestáis atención. Vivís ajenos a vuestros otros semejantes. Egoístas. Hipócritas. Despreocupados. He dejado de envidiaros. Aún corren rumores del amor, aprecio y cordialidad que os teníais los unos a los otros. No sabéis lo que habéis perdido. Ahora sois como yo. Vivís solos sin percataros de que, incluso ahora, todavía tenéis la posibilidad que yo tanto anhelo conseguir.


Sin embargo, me parecéis una especie curiosa, contradictoria. Solo hay un lugar donde, a pesar de todo, parecéis unidos. Lo llamáis la Gran Iglesia. A una hora concreta, todos los días de la semana, os reunís. Entráis con la pasividad, el rechazo a los otros y el egocentrismo que mostráis, afuera, en las calles. No obstante, una vez colocados en vuestros respectivos sitios, cantáis, como si fuerais uno. Después, una vez recuperado de nuevo el silencio, con una actitud sumisa y derrotada, os arrodilláis.


Siempre os observo desde el punto más alto: de frente a la puerta, con la luz de las ventanas señalando ambos perfiles de vuestros rostros, en una superficie de piedra de extraña forma. Allí, vosotros también me devolvéis la mirada. Es el lugar más reconfortante que he encontrado en vuestro mundo. Es el único momento donde abandonáis vuestra prepotencia y falsa importancia. Es allí, donde rompéis la máscara y la tiráis al suelo, reducida a añicos. Dejáis de ser la inútil y arrogante especie de la que cada uno formáis parte y os convertís en indefensos seres que suplican por ayuda. Estáis perdidos en el ensueño que habéis creado. Es, en ese instante, cuando me adoráis.


No evito sentirme importante. Y me permito, en cierta manera, acercarme a vosotros. Mis patas negras, sigilosas, recorren la piedra hasta su límite. Desde aquella posición observo vuestros ojos temerosos, vuestra piel que desvela la inseguridad con la que vivís y la inevitable subordinación de la que sabéis que formáis parte. Nadie cuida de vosotros. No sois nadie. No sois nada. En aquel momento, disfruto observándoos. Pero, de repente, todo acaba.


La Gran Iglesia se queda vacía. Recogéis las máscaras. Las vestís. Os recomponéis, seguros de haber cambiado algo. Por mi parte, yo camino por la tela de araña hasta mi guarida, consciente de que no dejaré de contemplar el mismo espectáculo día tras día.



 
 
 

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