2ºa

Actualizado: 14 abr 2020
La noche gobernaba imponente el cielo, y la oscuridad, su eterna aliada, colonizaba cada esquina de la ciudad. Él había acabado de trabajar, y fatigado, gastaba sus últimas fuerzas en subir aquellos peldaños. Odiaba el crujido que desprendían a cada paso que daba. Se trataba de un edificio viejo de madera; las paredes, descascarilladas por la humedad, se levantaban cansadas para hacer el trabajo por el que habían sido construidas hace ya más de 50 años. En el suelo de moqueta el tiempo volvía a ser el mismo culpable de que el brillante color rojo hubiera sido desplazado por un triste granate que narraba el transcurso de millones de pasos. La barandilla, que él notaba áspera por las profundas grietas que vestían la madera, tenía la misma historia que todo el edificio. Inconscientemente, su dedo índice golpeaba tres veces en ella a cada escalón que subía, como un pequeño pero obligado ritual.
Él solo pensaba en los tres pisos que debía subir; antes de llegar, agotado, a una casa que no apreciaba del todo. Como todas las de aquel edificio, se trataba de un pequeño apartamento céntrico; en donde el calor no encontraba lugar en invierno, pero le resultaba a este un gran escondite en verano. Su mujer la había intentado decorar con un cierto aire modernista, en vano.
Llegó al primer piso. Con la respiración entrecortada, decidió seguir adelante. Los peldaños continuaban crujiendo, algo que hacía que sus nervios también disminuyeran.
Segundo piso. Cansado, y tras los mismos ligeros golpes en la barandilla, se sirvió de esta para sentarse. Fue en ese momento de descanso cuando lo percibió. Su olfato se había acostumbrado al olor de la madera y humedad que residían permanentemente en el ambiente. Pero este era un olor distinto. No sabía describirlo, simplemente le resultó embriagador. Decidió levantarse y seguir su rastro. De las dos puertas que había en ese rellano, parecía hacerse más fuerte en la que se situaba en la izquierda: 2ºA.
Intentó recordar las caras de sus vecinos. No obstante, exceptuando a la irritante señora del quinto que les ofreció cenar en su casa a su llegada y la familia católica del primero; no conocía a nadie más. Por su mente pasaban imágenes esporádicas de aquellos con los que se había cruzado en momentos puntuales en la escalera, pero nunca del 2ºA.
Olvidando su cansancio y sin ni siquiera rozar la barandilla, con grandes zancadas, consiguió llegar al tercer piso y abrir la puerta:
- ¡Cariño! ¿Sabes quién vive en el 2ºA? – gritó nada más atravesar la puerta.
- ¿Ni siquiera me dices hola ni me das un beso?
Una mujer apareció por la puerta de la cocina. Sus ojos marrones encandilaban la fría estancia y su sonrisa pacificaba, el nerviosismo con el que su marido entró. Sin embargo, el hombre no notó nada de esto, quizá porque la máscara de lo habitual lo disfrazaba de cotidiano o porque aún perduraba el recuerdo de aquel olor:
-¿Lo sabes?
-Mmmm, no, no. ¿Por qué?
-Subiendo he olido algo… No sé exactamente el qué.
-¿Y tanta importancia tiene ese olor? – respondió riendo su mujer.
Él apartó la vista. Su risa le había ofendido. Sí, no sabía por qué pero desvelar ese misterio era algo primordial.
Sin embargo, trató de olvidarlo. Era la hora de cenar y el cansancio de todo el día volvió a aparecer.
-No, claro que no. ¿Cenamos?
Ya en la cama, no pudo dormir. Por su mente pasaba una y otra vez la imagen de la puerta, y tras ella, de ese olor. Debía averiguar de dónde provenía. A su lado, su mujer dormía plácidamente, algo que le molestaba como le había ofendido la risa boba de antes de la cena. ¿Cómo no entendía la importancia de aquello?
Miró a su mujer. Se levantó de la cama. Despacio, se colocó las zapatillas y abrió la puerta. Con el mayor sigilo posible, salió al rellano. Incluso desde allí podía intuir el olor del piso de abajo. Hipnotizado, acariciando la barandilla pero olvidando su pequeño ritual, bajó las escaleras. Despacio, se acercó a la puerta. Pegó su cara a ella y desde aquella posición, volvió a inspirar. Era más fuerte que nunca. Observó la cerradura y el manillar. Estaba cerrada. Pegó la oreja a la puerta, no escuchó nada. Miró a través de la cerradura, no vio nada. Únicamente quién afirmaba que algo valioso se escondía detrás era el olor.
-¿Hola? ¿Hola? – preguntó susurrando.
Nada. No había respuesta.
Agotado, ya no solo por la falta de sueño, sino también por aquella decepción, subió a su casa. No durmió.
A lo largo de los días siguientes trató de olvidar aquel olor. Incluso, en el inicio de las escaleras, se tapaba la nariz con ambas manos para intentar disimular su existencia. Se obligaba a subir rápido, a zancadas, sin importar lo duro que hubiera sido el día. Sin embargo, a medida que sus ojeras eran cada vez más grandes, también lo era la imposibilidad de deshacerse de aquel recuerdo. Ni siquiera lo volvió a mencionar a su mujer.
Finalmente, fue ella quien volvió a sacarle el tema.
-¿Te acuerdas del olor del que me hablaste la semana pasada?
Claro que lo hacía, las ojeras en su cara se lo recordaban cada mañana.
-Pues he pasado esta mañana, y sí me ha parecido notar algo. El señor Gómez vive allí.
Él levantó la mirada, sorprendido.
-¿Cómo lo sabes?
-Al oler aquello, bajé a los buzones para mirarlo.
Ilusionado, besó a su mujer y obviando el esfuerzo que había hecho esa semana de olvidar aquel olor, bajó las escaleras. Apresurado, se acercó a la puerta y la golpeó.
-¡Señor Gómez, señor Gómez! ¿Está ahí? ¡Soy su vecino de arriba!
Al igual que aquella noche, no hubo respuesta. Pegó la oreja a la puerta. Todo seguía igual. Volvió aquel sentimiento de impotencia del que ya había sido víctima, pero no se dio por vencido.
-¡Señor Gómez!
-¿Pero qué son todos esos gritos?
Aquella voz procedía de su espalda. La puerta del 2ºB se había abierto y en el umbral se apoya una señora de unos 70 años. Vestía bata blanca, adornada con pequeñas flores moradas, anudada a la cintura. De esa manera, se plegaba en la mitad de su cuerpo para dejar ver unas piernas agrietadas, llenas de varices que imitaban el color de las flores. Agotadas, sostenían el pequeño cuerpo del que formaban parte. Al hombre le recordó a las paredes de ese mismo edificio, y pensó divertido si este había sido construido alrededor de aquella mujer. Su arrugada cara se acercó y aquellos ojos verdes lo miraron.
-¿Sabe si el señor Gómez está en casa?
-¡Ay hijo! Supongo que estará.
-¿No huele algo?
La señora trató de oler, pero, en base a su cara, no percibió nada.
-Mi olfato ya no es lo que era – respondió alegre - ¿Quieres que pasemos por si pasa algo?
-¿Cómo?
-Paco me dio una copia de sus llaves por si ocurría una emergencia.
La mujer volvió a entrar en su casa. Tras unos segundos, regresaba con unas viejas llaves que bailaban en la palma de su mano. El hombre, por su parte, sonreía ilusionado al comprobar que, en aquella mujer y en aquellas llaves, se había reencarnado la respuesta de aquel misterio.
Tras un ligero esfuerzo, la mujer abrió la puerta. Ni siquiera tuvieron que pasar. Aquel agradable olor desveló el cuerpo sin vida del señor Gómez. Por la posición del cadáver, el hombre concluyó que había sido una muerte natural.
La mujer corrió a levantarlo, pero pesaba demasiado. El hombre se quedó allí, paralizado. Por su mente no pasó la idea de socorrerlo, ni siquiera de tratarlo. Únicamente pensaba en aquel olor. El maravilloso olor del que había sido partícipe. ¿Cómo volver a experimentarlo una vez más? De nuevo, la mujer que seguía agachada al lado del cadáver volvía a ser la respuesta.





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