FRONDOSA OSCURIDAD

Actualizado: 16 dic 2020
Le llamaban el árbol de la muerte. Nadie le otorgó aquel sobrenombre, era su mismo
tronco quien siempre había susurrado aquel calificativo. Quizá era por su localización, en el
centro del cementerio como un guardián de almas. Por supuesto que había otros árboles en el
recinto, cipreses principalmente, pero estos permanecían elegantemente verticales como
acompañantes de lápidas en una silenciosa música sin ritmo ni pausas. El tejo,
robusto y duradero, era distinto. Él no protegía a los durmientes, los custodiaba.
Era desmesuradamente grande para la pequeña superficie del cementerio. Su grueso tronco se enredaba en sí mismo, como venas laberínticas que se pierden en su propia existencia. El
marrón de su corteza era compacto y áspero, advirtiendo al visitante que en aquel lugar nunca sería bien recibido. Sus raíces quebraban la tierra para dejarse ver en la superficie recién llegadas del inframundo. Las ramas, como brazos gigantes de un desmesurado cuerpo, se extendían en todas direcciones, amparando a las sepulturas que se cobijaban en su sombra. Entre ellas, los rayos del sol intentaban penetrar en vano, tratando de desvelar con su luz aquello que la tierra escondía. El tejo era, entonces, su mayor enemigo.
Dicha desproporción perpetuaba la sensación de que aquel árbol era inevitablemente más
imponente y poderoso que el resto de tejos. Su envergadura era tal que pronto traspasó los
límites del cementerio para habitar en las mentes y corazones de los que en el pueblo vivían.
Fueron ellos, finalmente, quienes le otorgaron la inmortalidad. “Yo ya lo recuerdo cuando solo
era un muchacho”, repetían los más ancianos, haciendo alarde no solo del peso de los años, sino también de la ya larga batalla que suponía convivir con aquel tejo.
Eran estas lenguas, las más antiguas, quienes recordaban las historietas acerca de este árbol.
Sin embargo, ya nadie les escuchaba. Con el paso del tiempo, estas quedaron anuladas, inertes, en las calles. Así, cuando alguien quería volver a oírlas se paraba en mitad del pueblo, en un lugar donde el aire soplase en dirección contraria para que la brisa las hiciera vibrar.
Era el cálido y pesado viento de agosto quien traía con mayor regularidad la historia de la
señora Martínez. Nadie sabía a ciencia cierta los detalles de la misma, pero siendo el aire
veraniego quien brindaba esos recuerdos, es justo pensar que aconteció en esa época del año. La señora Martínez era conocida por todos. De ella se cuenta que abrazó a la muerte solo después de enfrentarse al árbol.
El viento soplaba fuerte el día del entierro de su hijo. El calor sofocaba la piel envuelta en las
reglamentarias ropas negras de un inesperado luto. Todos lloraban como una forma de liberar
tanto la tristeza como el calor que resistían a irse de esa llanura yerma a la que llamaban
cementerio. Todos menos la señora Martínez. Cuando la ceremonia llegó a su fin fue la única
que se quedó a los pies del ya enterrado féretro. Ella solo sentía rabia. Rabia por la irónica vida que la obligaba a sobrevivir a su hijo. Con aquel único pensamiento en su mente, buscó algo con lo que aplacar su ira. El tejo estaba relativamente cerca. Así, acometió con patadas a su tronco y arrancó las hojas que estaban a su alcance.
Esa misma noche murió. Algunos tomarían la pena de una madre como la causa de su muerte, otros, los más supersticiosos, tomarían aquel infortunio como la prueba fehaciente del poder mortal que aquel árbol portaba. Fue enterrada junto a su hijo, a un palmo de distancia de aquello que la había llevado a reposar allí. Nunca se la lloró. Nunca se le llevó flores. Su
nombre y su tumba fueron tomados, inevitablemente, como malditos.
El viento de invierno cuenta una historia igualmente trágica. Esta vez, sin nombres ni fechas.
En el rumor de la tarde algunos escuchan que se trataba de un extranjero, otros oyen en los
susurros matutinos que en realidad era un ermitaño. En todo caso, todos confirman que fue su
curiosidad lo que le mató. Era un hombre al que le gustaba observar. Una noche, movido por
esa atención a todo lo que le rodeaba, llegó al pueblo. Su desconocimiento de la lengua o
quizá el deseo de conservar su soledad fue lo que provocó que nunca buscara hablar con
nadie. Simplemente, andaba por las calles como una sombra ficticia abrigado por la noche
cerrada. Pronto el pueblo se acostumbró a su presencia nocturna. A la caída de la tarde, se le
esperaba detrás de unos cristales empañados y unas cortinas tímidas que se entreabrían. Y
solo tras escuchar el sonido de sus acogedores pasos el pueblo podía descansar.
Finalmente, los primeros rayos del sol de un día de invierno desvelaron su apariencia. Se le
encontró muerto en una peña cercana al pueblo. Su mano rígida aún protegía una de las hojas del árbol de la muerte. Como ocurría siempre, no se le lloró. Ni siquiera se le dio sepultura. La vida del pueblo pareció continuar de la misma manera. Solamente, en mitad de la noche, el miedo se hacía más latente ante la autocracia del silencio que el tejo había impuesto en el lugar que ocupó aquel que todos habían nombrado su protector.
Con estas historias sabidas incluso por los que nunca habían querido escuchar, el tejo era
respetado y temido en partes iguales. Nadie se atrevía a tocarlo.
Durante los entierros, y ante la falta de espacio del que se disponía para velar a los muertos, aquel miedo se hacía más fehaciente y más palpable. Todos se aglomeraban en el cementerio y todos, a la vez, evitaban la presencia del tejo. El paso de los años provocó que el temor al árbol fuera más poderoso que el temor a no velar al muerto. Por ello, llegó un día en el que solo el cura asistía a ellos, como una obligación moral que debe hacerse ante la idea de que las almas no alcanzaran el descanso eterno por culpa de un miedo terrenal.
Toda esta situación se acabó años más tarde, un día de finales de octubre. Al igual que la
mayoría de revoluciones, no se supo cómo se inició todo. Cuando los que se quedaron al
margen quisieron darse cuenta una muchedumbre ya se dirigía al cementerio. No gritaban. No hablaban. El sonido de su furiosa convicción era tal que abarcaba todo el espectro audible. Algunos de ellos portaban hoces y horcas por aquella vieja costumbre pero la mayoría glorificaban al cielo sus predestinadas hachas. Iban a cortar el árbol de la muerte.
Fue más rápido de lo que pensaron. Unas horas más tarde, el temeroso sol ocultaba sus rayos
por un arcaico horror hacia los hombres que la imagen del imponente tejo yaciendo en el suelo había despertado. En su caída, aquel ser abatido había atrapado algunas tumbas entre sus ramas pero nadie se preocupó por moverlo. El tejo comenzaría su descomposición sin sepultura ni flores en un cementerio que él mismo había creado. Sus verdugos, fatigados, regresaron a sus casas con la satisfacción del trabajo bien hecho.
La tranquilidad que se respiró en el pueblo a partir de aquel momento sorprendió a los
atardeceres que invadían las calles. Finalmente, fue el paso de varios años quien desveló la
terrible consecuencia de aquella planificada y desordenada acción.
La muerte olvidó al pueblo. El tiempo roía sus pieles pero nadie volvió a poblar el cementerio.
Los viejos se hacían más viejos y los jóvenes comenzaban a asemejarse a ellos. Las generaciones se mezclaron para no volver a separarse. Todos vestían arrugas y canas. Ya nadie era nieto, ni padre, ni abuelo de nadie. Finalmente, la vida también desapareció de las calles.
Fueron muchos los que huyeron del pueblo. Los más jóvenes, que se denominaban así no por
su apariencia sino por la numérica costumbre de la edad, fueron los primeros. La desesperanza de aquel lugar, falto de muerte pero también de vida, hubiera contagiado su sangre de no haberlo hecho. Huyeron buscando un futuro mejor, o quizá la tranquilidad de que aquel futuro tuviera un final.
Otros se entregaron a la conquista de la desidia. Faltos de un final en sus propias vidas, dejaron de comer. Sus cuerpos débiles se volvieron transparentes pero aquellos huesos envueltos en la cutánea cortina no dejaban de respirar. Los corazones seguían latiendo. Otros saltaron al precipicio del suicidio pero movidos por una fuerza contraria a la gravitatoria siempre regresaban. Abrían sus apagados ojos y continuaban viviendo. El pueblo se encerró en sí mismo. Nadie conservó la suficiente vida con la que mirar al mundo. No se volvió a escuchar una voz, un sonido, incluso cuando el viento debía pasar por aquel lugar lo hacía tímidamente y con miedo.
De esta manera, las calles se transformaron en desiertos de polvo y soledad. Al pueblo se le
consideró muerto a pesar de estar invadido por una trágica inmortalidad.





Comentarios