el líquido

Primero pensé en el agua. Pensé que aquel líquido se asemejaba al agua. Una corriente que busca la salida al mar. Pero al segundo rechacé la idea. El agua es transparente y limpia. Purifica. Sana. O eso es lo que dicen. Pero también ahoga. Y ella sigue limpia. Limpia y transparente. Como si no tuviera nada que ocultar, como si todos los secretos que esconde se evaporaran a su mero contacto. El vapor. Qué curioso elemento. El calor llega. El calor vence. En todas las batallas se impone sobre el agua. No en todas. A veces, ella se alía con él. Traicionera. Y vencen. Juntos. Implacables. Pero ella sigue corriendo. Igual de limpia, igual de imperturbable. Y cae. Gota a gota. Precipitadamente. Ellos también hablan de la lluvia. De que la lluvia, al ser agua, también purifica. Otorga la sanación a la tierra quemada. Pero no es cierto. Mienten. No se trata de ninguna sanación. Ella perturba a la tierra. La mantiene compacta, húmeda. Sí, trajo la vida a ella. ¿Quién dijo que la vida conllevara a algo bueno? Quizá también fueron ellos, aunque nunca se lo escuché decir. Mienten. No paran de mentir. El agua trae la vida pero también brinda la muerte. Muerte. Cuando mata se embravece. Ensordecedora. Antes de volver a la calma. Silenciosa. Aunque siempre quiera dejar constancia de su crimen. Como un respetuoso asesino, devuelve el cuerpo a la tierra. Para que sea enterrado. Para que descanse en paz.
Así me quedé contemplando aquel líquido. Un río viscoso que va haciéndose paso. Lento. Imparable. Pensé en la lava. Y más tarde me di cuenta de que nunca la había contemplado. Solo fotos de ella. De aquello que otorga el permiso a fotografiar. Viscosa y lenta. Brillante, también. Un amarillo-naranja incandescente que no se apaga. Sí se apaga. Se apaga y se vuelve negra, robusta. No sé a qué temería más. Poderosa. Quema y mata todo a su paso con aquel calor que le acompaña. Aquel calor que no se ve, que no se escucha. Solo se intuye. Y te mata. Un asesino sigiloso. Un asesino que te otorga el conocimiento lento de que te está matando. Y tú luchas. Poco tiempo. Intensamente. Antes de perecer. Quizá sea ese el silencio más atronador. Y es que las personas siempre intentan apagarlo. Con sus gritos. Y con agua. Utilizan el agua para acallar el fuego. Y cuando el fuego se extingue, el humo desvela el espectáculo que ha acontecido. Un espectáculo ennegrecido y prófugo de vida.
Pero la vida vuelve. Siempre vuelve. No por el fuego, no por el agua. Sino a través de la tierra.
Por ese motivo, cuando contemplé la sangre emanar de tu cuerpo no me alteré. Estaba tranquilo. Permanecí tranquilo. Aquello no podía simbolizar la muerte, sino la vida. Ese intenso líquido rojizo tintaba la tierra a tu alrededor. Así, consciente de que ella te devolvería a la vida, con otra forma, con otro cuerpo, te dejé a su amparo. Y me marché.





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